ABUSO SEXUAL: No es solo sexo, también es poder, control y humillación

Hay noticias que una lee y no puede dejar de pensar en ellas.
Esta semana volví a encontrarme con la historia de Jane Doe, la estudiante de Cornell que denunció una agresión sexual grupal ocurrida en 2024. La investigación penal, que inicialmente no avanzó, fue reabierta recientemente y será presentada ante un gran jurado. La denuncia sigue siendo materia de investigación y los hechos deberán establecerse judicialmente.
Y mientras leo sobre ella, inevitablemente pienso en otra estudiante.
En Concepción. En marzo de este mismo año, 2026, una estudiante de la Universidad San Sebastián denunció haber sido víctima de una violación grupal después de una fiesta mechona. La Fiscalía abrió una investigación y la universidad informó que había activado sus protocolos e iniciado una investigación interna. Los hombres señalados han sostenido que el encuentro fue consensuado y el caso continúa bajo investigación.
Dos historias distintas. Dos países. Dos universidades. Pero una pregunta que vuelve una y otra vez:
¿Por qué seguimos imaginando que la violencia sexual ocurre solamente en los márgenes?
Como si necesitara ser de madrugada. En un callejón oscuro. Entre desconocidos. Con una mujer caminando sola. Con una minifalda. Con alguien que apareció de la nada. Es una imagen tranquilizadora.
Porque si la violencia ocurre solamente ahí, entonces podemos convencernos de que sabemos cómo evitarla.
No salir sola. No beber. No ir a una fiesta con desconocidos.
No aceptar que alguien te lleve a su casa. No usar determinada ropa.
No confiar. No caminar de noche.
Pero la violencia sexual no necesita un callejón.
Puede ocurrir en una casa.
En una fiesta. En una universidad.
En una oficina. En una empresa prestigiosa.
A plena tarde.
Y puede ocurrir rodeada de personas. Eso es lo que me interesa mirar.
Porque cuando hablamos de una agresión sexual, solemos imaginar solamente a dos personas: el agresor y la víctima.
Pero muchas veces hay una tercera presencia mucho más grande. La red.
Los amigos. Los compañeros.
Los testigos. Las personas que escucharon algo.
Las personas que sospecharon.
Las personas que sabían que ese hombre tenía determinadas conductas.
Las personas que prefirieron no preguntar.
Y después está la institución.
La universidad. La empresa.
El jefe. La jerarquía.
La reputación. El dinero.
El prestigio. El miedo.
Porque el poder no desaparece cuando comienza una agresión sexual. A veces, precisamente, el poder es parte de la agresión.
Por eso me cuesta pensar el abuso sexual solamente como sexo. Hay algo mucho más profundo ocurriendo.
Hay control. Hay sometimiento. Puede haber humillación. Puede haber intimidación.
Y hay una persona intentando ejercer poder sobre el cuerpo, la voluntad o los límites de otra.
No todas las agresiones sexuales son iguales. No todas tienen la misma gravedad. No todas tienen las mismas circunstancias.
Pero reducirlas exclusivamente al sexo puede hacernos perder de vista una parte fundamental de lo que está ocurriendo.
Porque el deseo no necesita destruir la voluntad del otro. El deseo puede aceptar un no. Puede detenerse. Puede esperar. Puede cambiar. La violencia no.
Y quizás por eso también me incomoda tanto la pregunta que aparece tan rápido: “¿Cómo estaba vestida?” Como si ahí estuviera escondida la explicación.
Pero una víctima puede ser una mujer joven.
Una mujer adulta. Una anciana.
Un hombre. Un niño.
Una persona que puede defenderse. Una persona que no puede.
Incluso alguien que no puede comprender qué está ocurriendo.
Entonces la ropa deja de tener sentido como explicación.
La belleza deja de tener sentido.
La juventud deja de tener sentido.
La sexualidad de la víctima deja de tener sentido.
Y aparece una pregunta mucho más incómoda: ¿Qué hizo quien decidió cruzar el límite?
Porque la violencia sexual no comienza necesariamente con una violación. Puede comenzar mucho antes.
Con una mirada que convierte a una niña en objeto sexual. Con un comentario que nadie pidió. Con un “rica” lanzado en la calle. Con un agarrón en una multitud. Con una propuesta sexual donde debería existir una relación profesional. Con un jefe que utiliza su posición para insinuar que el cuerpo de una trabajadora puede formar parte de una negociación. Con un grupo de hombres que convierte a una mujer en el objeto de sus bromas.
“Pero no te tocó.” “Solo estaba bromeando.” “No te besó.” “Era un piropo.” “Estás exagerando.” “ Él es asi”
Y quizás ahí está una de las dificultades para hablar de estas cosas. Porque no todas esas conductas constituyen jurídicamente una violación.
Pero tampoco necesitamos esperar a que exista una violación para preguntarnos por qué alguien cree que tiene derecho a invadir a otra persona. El poder puede aparecer en pequeñas escenas.
Y también puede aparecer en una empresa. En una universidad. En un grupo de amigos. En una familia. Porque el abusador no siempre es un desconocido. Muchas veces es alguien que está cerca.
Es tu compañero de universidad. Tu compañero de trabajo.
Tu jefe. El hombre que todos conocen.
El amigo de alguien. El familiar que aparece en Navidad.
Y cuando eso ocurre, la víctima no se enfrenta solamente a una persona. Se enfrenta a todo lo que rodea a esa persona.
A quienes lo quieren. A quienes trabajan con él.
A quienes dependen de él. A quienes le creen.
A quienes no quieren problemas. A quienes tienen miedo de perder su trabajo.
A quienes prefieren que la institución no quede involucrada.
A quienes piensan que es mejor “arreglar las cosas”. Incluso a otras mujeres. Porque tampoco quiero construir una fantasía donde todas las mujeres se protegen automáticamente entre sí. No es así. También hay mujeres que callan , incluso que empujan.
Que minimizan. Que no quieren meterse. Que protegen a alguien. Que dudan.
Que prefieren mirar hacia otro lado. Y no siempre porque sean malas. A veces porque enfrentarse al poder tiene un costo.
Pero para quien está sola al otro lado de ese poder, el silencio puede sentirse exactamente igual: como abandono.
Entonces pienso en las universidades. No son solamente lugares donde estudian jóvenes.
Son instituciones. Tienen autoridades. Jerarquías. Prestigio. Reglamentos. Redes de relaciones.
Y cuando ocurre una denuncia, la víctima no necesariamente está enfrentándose solamente a quienes participaron en el hecho. Puede estar enfrentándose a una estructura completa.
Lo mismo ocurre en una empresa.
Puedes estar frente a un hombre que tiene un cargo superior al tuyo.
Un hombre que conoce personas importantes. Un hombre que puede influir en tu trabajo.
Y de pronto denunciar no significa solamente contar lo que te ocurrió. Significa arriesgar tu lugar dentro de esa estructura.
Por eso la pregunta que me interesa no es solamente: “¿Por qué ella no habló?”
Quiero saber: “¿Qué tendría que haber enfrentado si hablaba?”
Porque quizás esa es la pregunta que nunca hacemos.
¿Qué pierde una mujer cuando denuncia?
¿A quién tiene que enfrentarse?
¿Quién le va a creer?
¿Quién va a defender al acusado?
¿Quién va a proteger la reputación de la institución?
¿Quién va a decir que ella exagera?
¿Quién va a recordar que bebió?
¿Quién va a preguntar por qué fue a esa fiesta?
¿Quién va a utilizar su vida sexual para poner en duda su relato?
¿Quién va a decir que después siguió estudiando?
¿Que siguió trabajando?
¿Qué sonrió?
¿Que volvió a hablar con alguien?
Como si sobrevivir después de una agresión pudiera utilizarse como prueba de que la agresión no ocurrió.
Y quizás ahí está una de las formas más crueles del poder: no basta con agredir a alguien; después también puede obligársele a demostrar que merece ser creída.
Yo tampoco estoy fuera de estas historias.
No quiero escribir esto desde el lugar de una mujer que mira a “otras” mujeres y piensa que estas cosas les ocurren a ellas.
He vivido mis propias formas de invasión.
Desde comentarios sexuales que nadie pidió. Desde hombres que me han tratado como un cuerpo disponible. Desde agarrones. Desde miradas que, cuando yo era muy joven, sabía perfectamente que no eran inocentes. Hasta propuestas sexuales disfrazadas de oportunidades laborales.
Son situaciones diferentes. No todas tienen la misma gravedad. No todas tienen la misma consecuencia. Pero todas me han hecho pensar en lo mismo:
¿Por qué alguien cree que tiene derecho a poner su deseo por encima de mi límite?
Y quizás por eso puedo mirar una denuncia de violación grupal y no pensar solamente en el acto sexual. Pienso en el poder. En el control. En la humillación.
En el grupo. En quienes estaban alrededor.
En quienes sabían. En quienes no quisieron saber.
En la institución. En la reputación.
En el silencio. Porque la historia nunca es solamente entre el agresor y la víctima.
A veces hay una habitación llena de personas.
Una universidad entera.
Una oficina.
Un grupo de amigos.
Una familia.
Una estructura.
Una red.
Y esa red también puede decidir qué historia sobrevive. La de la víctima. O la del hombre al que todos prefieren proteger.
Por eso no quiero que esta reflexión termine preguntando qué hizo la mujer para llegar hasta ahí.
Quiero hacer otra pregunta. Mucho más incómoda: ¿Qué hacemos nosotros cuando el abusador está cerca?
Cuando es nuestro compañero.
Nuestro jefe.
Nuestro amigo.
Nuestro familiar.
Cuando trabaja con nosotros.
Cuando estudia con nosotros.
Cuando pertenece a nuestra institución.
Cuando denunciarlo significa enfrentarse a algo mucho más grande que él.
Porque quizás la verdadera pregunta no sea solamente cómo evitar que una mujer se convierta en víctima. Quizás también tengamos que preguntarnos: ¿Qué hacemos para que el poder deje de ser una herramienta de impunidad?
Porque el abuso sexual puede ocurrir en un callejón oscuro. Pero también puede ocurrir bajo las luces. A plena tarde.
En una universidad. En una empresa.
En una casa. En una fiesta.
En una familia. Y muchas veces, lo más difícil de enfrentar no es solamente a quien cruzó el límite. Es a todo lo que existe alrededor.
Porque cuando hay poder, también puede haber control.
Y cuando hay control, puede haber humillación.
Y cuando alrededor de eso existe una red que calla, protege o minimiza, el abuso deja de ser solamente el acto de una persona. Se convierte en un problema de todos.
Reflexionando con la noticia de hoy y con algo que, de una u otra forma, siempre ha estado presente.
Catalina — Artista intuitiva / Alquimista del alma / Creadora de RAGÂTMA

El abuso, sea sexual, económico, psicológico o de cualquier otra forma, puede colocarnos en situaciones donde otra persona intenta quitarnos el control y someternos.
A veces no queda más que surfear la ola lo mejor posible. Atravesar la trampa como podamos, intentando no olvidar algo fundamental: la trampa no nos define.
Puede dejarnos marcas. Puede cambiarnos. Puede obligarnos a reconstruir partes de nosotras mismas. Pero la fuerza no desaparece porque alguien haya intentado quitárnosla. Sigue existiendo dentro de nosotras.
Quizás por eso me reconozco como una mujer rebelde. Mi rebeldía también se materializa en RAGÂTMA: en objetos creados para llevar algo de nuestro mundo interior hacia el exterior.
Anclas visuales de aquello que queremos recordar, sostener o recuperar. Objetos creados desde la artesanía, el símbolo y la intención.
Porque a veces necesitamos algo afuera que nos recuerde la fuerza que todavía llevamos dentro.