LA CAMA, EL ALTAR DE MI SACRIFICIO: Una historia de deseo, magnetismo y supervivencia

Hubo una etapa de mi vida en la que me vinculé con un hombre singular, no como elogio, sino como advertencia.
Único en el sentido de aquello que no debería repetirse. Yo era muy, pero muy joven, inocente y desbordada. Él era caos con forma humana. La mezcla perfecta para una historia que se repite más de lo que debería.
No recuerdo con claridad cómo empezó el coqueteo. Solo sé que terminó en su cama y que, sin entender del todo cómo, volví a ella una y otra vez.
Hay recuerdos que la mente difumina, como si el cuerpo los hubiera archivado en una zona protegida.
Y así fue: lo viví desde un lugar disociado, como quien sobrevive sin mirar demasiado. Durante años creí que habían sido innumerables encuentros. La verdad es que fueron pocos.
Pero dejaron una marca tan profunda que el recuerdo se estira, se multiplica, se queda en la piel como si hubiese sido eterno. Entre él y yo no había historia. Solo un guion que se repetía. Hoy puedo nombrarlo sin adornos:
No fue amor.
No fue deseo.
Fue supervivencia.
Fue anestesia.
Fue una manera de no desaparecer.
Yo no estaba enamorada de él. Nunca lo estuve.
Él atravesaba su momento de mayor brillo hacia afuera: más fiestas, más mujeriego, más crueldad.
Yo, en cambio, estaba en ruinas. Sola. Sin red. Sin testigos. Éramos el reflejo invertido de un mismo infierno. Mientras él encandilaba al mundo, yo me deshacía en silencio. Y el único lugar donde todavía parecía existir algo en mí era su cama. Pero no era un lugar de cuidado. Era el altar de mi sacrificio.
Con el tiempo entendí algo que entonces no podía nombrar: había una dureza en su manera de vincularse conmigo.
No era ternura lo que circulaba, sino una tensión áspera, una violencia contenida que no dejaba marcas visibles, pero sí huellas hondas.
Se manifestaba en gestos mínimos, en el clima que rodeaba cada encuentro, en esa sensación persistente de no estar a la par.
Era control disfrazado de intensidad. Dominio envuelto en deseo.
Hoy sé que eso también fue una forma de abuso: No explícito. No evidente. Pero real.
Yo no era un igual. Era alguien sobre quien se ejercía poder.
El fuego que atraeY, sin embargo —porque la verdad no es limpia— había algo en él que me arrastraba. Un lado salvaje, una energía cruda que levantaba el pulso y suspendía el tiempo.
Esa fuerza que quema y seduce al mismo tiempo.
No era solo dureza. Era magnetismo.
Esa mezcla peligrosa fue lo que me mantuvo ahí. El motivo por el cual volví.
El silencio que sostuve. Porque el peligro, cuando se confunde con intensidad, puede sentirse como vida.
Y ahí estaba la contradicción.
Lo que parecía elevarme también me empujaba al abismo.
Hoy lo veo con claridad.
Pero fue parte del aprendizaje.
De entender los límites.
De reconocer el poder.
De empezar a construir un amor propio que, entonces, todavía no sabía cómo defender.
Seguí volviendo no desde la fragilidad, sino desde una coraza antigua.
Una fuerza heredada. Una resistencia que viene de antes.
Sé caminar entre sombras.
Sé moverme en el fuego sin caer de inmediato.
Aunque el alma se resienta, el cuerpo a veces insiste.
Y ese goce ambiguo —incómodo, contradictorio— también fue una forma de decir: Sigo aquí.
No como celebración del daño. Sino como testimonio de haber sobrevivido.
Hoy ya no bailo con el diablo. Pero sé reconocer la música cuando empieza a sonar.
Con los ojos abiertos
A veces lo que nos atrae también nos hiere.
A veces es inevitable acercarse al fuego.
Pero vivirlo a ciegas no nos protege: puede quemar mente, alma y corazón.
Esta historia no habla de glamour ni de culpa.
Habla de reconocer el poder que tenemos cuando nos miramos mientras habitamos la intensidad.
Porque incluso en lo que nos duele, podemos aprender a sostenernos, a no desaparecer y a salir con los ojos más abiertos.
Quizás crecer también sea eso: aprender a reconocer aquello que nos atrae sin dejar de preguntarnos qué nos está haciendo.
Con autenticidad y coraje,
Catalina — Artista intuitiva / Alquimista del alma / Creadora de RAGÂTMA

Hay historias que nos enseñan a mirar nuestras sombras sin volver a vivir dentro de ellas.
En RAGÂTMA creo en los símbolos como pequeños recordatorios de aquello que ya vive dentro de nosotros.
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