MAGIA ROJA: Sexualidad, deseo, fuego y poder creador

Si tuviera que definir mi magia por colores a mí me calzan todos los colores; blanca, negra, verde, roja, etc. Todos tienen su lugar. Todos tienen su función.
Pero si tuviera que elegir la magia que primero reconocí como propia, sería la roja. La magia roja fue la primera que se manifestó fuerte y clara en mí.
No sé si la elegí yo o ella me encontró a mí, pero cuando comencé a trabajar con ella algo se sintió inmediatamente familiar.
Para mí, la magia roja es pasión, deseo, cuerpo, sangre, piel, aromas, fuego, belleza, sensualidad, magnetismo y creatividad.
Es frutas rojas. Es placer. Es glamour. Es esa energía intensa que nace desde el cuerpo y que busca una forma de expresarse.
Para mí, esa energía nace en mi útero y asciende hasta la coronilla Sube por el cuerpo, despierta la piel, la imaginación, el deseo y la creatividad.
Y puede transformarse.
En un beso apasionado. En una cama compartida.
En una creación hecha con las manos. En un pastel delicioso.
En un masaje. En una fotografía. En un texto.
Porque el fuego no solamente quema. También crea.
Eso es lo que para mí significa la magia roja. No la veo como una magia blanca del “bien” o negra del “mal”. Tampoco como una competencia entre magias . La veo como la magia del fuego creador de placer.
Y quizás por eso fue la primera que reconocí como natural en mí.
La primera llama
Cuando comencé a practicar velomancia, las velas rojas fueron las que más llamaron mi atención.
Me resultaba fácil trabajar con ellas. Encenderlas. Observarlas. Sentir qué despertaban en mí. Empecé a experimentar con distintas intenciones y, algunas veces, a colocar nombres junto a ellas. Entonces comenzó el juego.
Algunas llamas crecían de una manera que me sorprendía. Otras se movían. Otras parecían responder a pequeños cambios en el ambiente. Y algunas eran pequeñas, tranquilas, casi indiferentes. Yo las observaba. Y empecé a leerlas como quien aprende un idioma.
No como una verdad absoluta. Sino como un mapa simbólico de mi propia experiencia.
Porque al trabajar con una energía determinada también aparecen nuestros recuerdos. Personas. Sensaciones. Deseos. Historias que creíamos completamente olvidadas.
Y ahí empecé a preguntarme cuánto de aquellas personas seguía viviendo todavía en mí.
Los hombres y el fuego
La magia roja también me llevó a mirar de otra manera mis vínculos con los hombres.
Con algunos había existido una conexión inmediata.
Eléctrica. Magnética. Con otros, nada. Y eso también me intrigaba.
Porque descubrí que no todos los encuentros dejan la misma huella. Algunas personas pasan por nuestra vida y desaparecen. Otras dejan una marca. Algunas permanecen durante años en algún rincón de la memoria. Y otras simplemente dejan de tener fuego.
Yo empecé a reconocer esas diferencias.
A veces sentía que podía leer esos vínculos como un mapa abierto. No porque tuviera todas las respuestas sobre los demás. Sino porque había aprendido a observar qué despertaba cada historia dentro de mí.
Y ahí apareció una idea que me hizo sonreír: Quizás yo también había sido inolvidable para algunos.
No necesariamente por amor. No necesariamente por una historia. A veces simplemente porque hay personas que se encuentran con nuestro fuego y algo de ese encuentro permanece.
Y sí. La bruja también puede ser un poco vanidosa. Me gusta pensar que alguna huella dejé por ahí.
Y cuando las velas ya no me alcanzaban para mirar esos vínculos, el tarot aparecía como otra forma de lectura
Contenedora de fuego
Pero con el tiempo descubrí algo todavía más interesante. La magia roja no se trataba solamente de atraer. También se trataba de contener.
Porque una cosa es tener fuego. Y otra muy distinta es saber qué hacer con él.
Durante mucho tiempo pensé que esa energía tenía que salir de mí para encontrar inmediatamente otro cuerpo, otra persona, otra experiencia. Después entendí que no.
El fuego también puede quedarse conmigo. Puede alimentar mi creatividad.
Mi intuición. Mi capacidad de crear.
Mi placer de estar y sentir en mi propio cuerpo.
Mi imaginación. Mi manera de mirar el mundo.
Y ahí descubrí algo que no esperaba encontrar: hay una magia particular en contener el deseo.
No como castigo. No como negación. Sino como elección.
Como una manera de descubrir cuánto fuego puedo sostener sin tener que entregárselo inmediatamente a alguien más.
Hoy no estoy llevando mi deseo hacia otro cuerpo.
Guardar esa energía no significa apagarla. A veces significa dejar que arda más profundamente.
La alquimia
Eso es lo que más me gusta de la magia roja. Que no se queda solamente en sentir. Transforma.
Tomo una emoción y puedo convertirla en una creación.
Tomo una sensación y puedo convertirla en una imagen.
Tomo deseo y puedo convertirlo en belleza.
Tomo fuego y puedo convertirlo en algo que antes no existía.
Una vela. Un objeto. Una pintura. Una palabra. Un pastel. Un ritual. Una idea. Eso también es alquimia.
Y quizás esa sea la razón por la que esta magia siempre se sintió tan natural para mí. Porque mi cuerpo no la entiende solamente como deseo. La entiende como movimiento. Como impulso, creación y vida.
La bruja juega Y sí, también he jugado con ella.
He encendido velas. He observado llamas.
He puesto nombres. He recordado hombres.
He reconocido huellas.
He dejado que algunas historias vuelvan a aparecer solamente para descubrir que otras ya no tenían ningún poder sobre mí.
Y algunas llamas me han hecho gracia. Otras me han sorprendido.
Y otras simplemente no me han hecho ningún caso.
También de eso se trata ser bruja: de observar, experimentar y aprender a leer nuestros propios símbolos.
No todo tiene que ser solemne. No todo tiene que ser oscuro.
A veces la magia también puede ser divertida.
A veces puede tener perfume.
Frutas rojas. Luz de vela.
Belleza. Glamour.
Y una mujer frente al fuego preguntándose qué quiere hacer con todo aquello que lleva dentro.
Mi fuego
Hoy sé que no necesito entregar mi fuego para demostrar que existe.
Puedo compartirlo. Puedo transformarlo.
Puedo disfrutarlo. Puedo guardarlo.
Puedo convertirlo en algo nuevo.
Puedo contenerlo.
Y quizás eso fue lo más importante que me enseñó la magia roja: que el poder no está solamente en encender el fuego. También está en saber cuándo dejarlo arder dentro de una.
Porque una bruja no necesariamente es quien tiene más fuego. Es quien aprende a reconocerlo, transformarlo y contenerlo.
Y tú, ¿cuánto fuego puedes sostener sin tener que entregárselo inmediatamente a alguien más?
¿Qué haces con tu deseo cuando no quieres convertirlo inmediatamente en una historia?
Con mis velas rojas encendidas
Catalina — Artista intuitiva / Alquimista del alma / Creadora de RAGÂTMA

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