
Reflexión sobre la maternidad y la duda que incomoda.
Hay algo en este tema que nunca ha sido simple para mí. No es solo lo que se dice afuera. Es lo que pasa adentro.
Porque si soy mamá, siento que pierdo algo. Y si no lo soy, también. Como si en ambos caminos hubiera una renuncia.
La pérdida de no vivirlo. O la pérdida de vivirlo… y perderme yo. Y no es una decisión que se pueda postergar para siempre.
El cuerpo no espera. La posibilidad de maternar tiene un tiempo. Y eso, aunque no siempre se diga, pesa.
Hoy por hoy, pareciera que el discurso más cómodo es no ser mamá. Y es un discurso que muchas veces sostuve hacia afuera, pero internamente siempre dudé de lo que decía.
Porque siempre me imaginé como una mujer sola, me refiero a no tener nunca pareja. Pero al decir “no quiero ser madre”…¿es realmente eso lo que quiero?
Porque sí, hay una parte que dice:
Porque me amo.
Porque tengo mis propias expectativas.
Pero también porque muchas vimos en nuestras historias —en nuestras abuelas, en nuestras madres, tías y hermanas— lo difícil que fue.
No porque haya sido malo… sino porque fue duro. Muy duro.
Porque sí, a la mujer se le pide todo.
Ser exitosa.
Ser buena profesional.
Ser buena madre.
Ser guapa.
Tener vida personal.
Tener vida espiritual.
Tener una buena relación de pareja.
Estar bien emocionalmente.
Hacerlo todo… y hacerlo bien. Y eso, simplemente, no es realista. Entonces aparece la pregunta:
¿En qué momento una decide que ese tren no es para una?
¿O si todavía hay una posibilidad de subirse?
Y la más incómoda de todas: ¿Me voy a arrepentir… o no?
No tengo respuesta. Y quizás eso es lo más honesto que puedo decir.
Porque ser madre no es solo una idea.
No es solo “tener un hijo”.
Es gestar.
Es parir.
Es sostener una vida que depende de ti.
Es, por un tiempo, dejar de ser completamente tú para convertirte en el sostén de otro. Hablando, netamente, de lo biológico.
Y entonces aparece otra pregunta:
¿Volveré a ser la de antes?
¿O me convierto en alguien distinta?
¿Otra mejor…o simplemente otra versión que ya no reconozco?
También está la idea de “formar una familia”.
Como si de dos se pasara naturalmente a tres.
Pero no siempre es así. Y cuando no resulta, muchas veces el peso cae sobre la mujer. Con esa carga invisible de “no haber elegido bien”.
Como si el fracaso tuviera un solo nombre. Ser madre soltera todavía se mira con pena. Como si fuera una historia incompleta. Aunque no se diga, las miradas pesan… y se sienten. Y yo las veo.
Aunque hoy también puede ser una elección. Porque incluso eso cambió:
hay mujeres que congelan sus óvulos,
no porque no quieran maternar,
sino porque no encuentran con quién hacerlo.
No juzgo.
No juzgo a las madres solteras.
No juzgo a quienes tienen una familia que funciona.
No juzgo a quienes arman nuevas formas de familia.
No juzgo a quienes deciden no ser madres.
No juzgo a las mujeres que sienten que perdieron algo por no serlo.
No soy quien.
Pero aun así, cada vez que pienso en la maternidad, algo se mueve. Siempre ha sido un tema que me incomoda. Porque muchas veces se dice que traer un hijo al mundo es un acto de amor.
Y entonces la pregunta aparece sola: ¿Amor a quién?
¿A ti?
¿A tu familia?
¿A la tradición?
¿A la vida?
Porque si es amor…el amor nunca ha sido un tema simple para mí. Siempre ha estado lleno de pruebas…que no sé si quiero atravesar. O tal vez sí.
No hay respuestas claras. No hay decisiones sin renuncia.
Pero tampoco hay una sola forma correcta de vivir.
De mujer a mujer,
Catalina — Artista intuitiva / Alquimista del alma / Creadora de RAGÂTMA

A veces no se trata de tener claridad… sino de atreverse a sostener la duda sin traicionarte.
Porque hay decisiones que no vienen con certeza pero igual se sienten profundamente. Y eso también es parte del camino. Si estás en ese lugar… no eres la única.
Quizás por eso creo objetos que acompañan procesos internos, cuando no todo tiene respuesta… pero algo dentro ya se está moviendo.
Si algo de este proceso también está en ti, puedes explorar RAGÂTMA aquí.
En esta fecha, donde no todas las historias se viven igual, todas merecen respeto.