Bienvenid@s a nuestra tienda
Leer más
Publicado el 8/7/2026

SINVERGÜENZA: Por qué esta palabra no significa lo mismo para hombres y mujeres

#BLOG "Altar de Palabras"

La palabra sinvergüenza siempre la escuché ligada a los hombres.

“Ese gallo es un sinvergüenza” “Los hombres son sinvergüenzas”

Dicho casi siempre por mujeres, de todas las edades, para nombrar a hombres frescos, patudos, calientes, irresponsables.

El sinvergüenza masculino es un personaje conocido.
No necesariamente admirado, pero sí reconocible. Incluso tolerado.

Se le critica, se le comenta, se le juzga… pero rara vez se le expulsa del todo del relato.

“Así son los hombres”.

Crecimos entendiendo que ser sinvergüenza era ser mala persona.

Cruzar límites. No tener ética. No tener freno.

Durante mucho tiempo lo creí sin cuestionarlo. Hasta que apareció una pregunta incómoda:

¿Y si no todo lo que incomoda es falta de ética?

Porque existe otra forma de vivir sin vergüenza, una que no tiene nada que ver con abusar de otros, pasar por encima de los demás o evadir responsabilidades.

Tiene que ver con dejar de pasarte por encima a ti misma.

Pedir lo que necesitas. Decir que no.
Salir de lugares donde ya no hay reciprocidad.
Elegir tu ritmo, tu deseo, tu forma de estar en el mundo.

Eso también es vivir sin vergüenza. Pero curiosamente, eso no se nombra igual.

Una mujer sinvergüenza no es lo mismo.

No es común. Y cuando aparece, incomoda.

Porque no solo se sale del molde: lo deja en evidencia.

No se encoge. No se regula para encajar.
No pide perdón por ocupar espacio.

Y eso desordena más de lo que se dice.

Cuando una mujer rompe ciertas expectativas, muchas veces no se la nombra como sinvergüenzas.
Se nos llama exageradas cuando hablamos fuerte. Egoístas cuando ponemos límites.
Difíciles cuando dejamos de ceder.

La vergüenza, en ese sentido, no es solo una emoción.
Es una forma de educación invisible.
Un límite que se aprende antes de hablar.

Tal vez el problema nunca fue la sinvergüenza.

Tal vez el problema fue una sociedad que repartió la vergüenza de forma desigual.

Porque no es lo mismo ser un sinvergüenza que vivir sin vergüenza.

El primero daña a otros.
El segundo deja de permitirlo.

Y ahí aparece la grieta.

Tal vez el verdadero conflicto nunca estuvo en la palabra.
Sino en quién podía encarnarla sin consecuencias… y quién no.

¿O el problema nunca fue la sinvergüenza…sino quién tenía permiso para serlo?

Con mi permiso para ser la sinvergüenza

Catalina — Artista intuitiva / Alquimista del alma / Creadora de RAGÂTMA

Porque a veces la vergüenza no nos impide hacer cosas malas.

Nos impide hacer las correctas.

Nos impide poner límites, decir lo que sentimos, ocupar espacio, cambiar de opinión o alejarnos de aquello que ya no nos hace bien.

Y quizás crecer no consiste en volverse más aceptable para los demás.

Quizás consiste en dejar de abandonarse a una misma para ser aceptada.

Si estas palabras resonaron contigo, tal vez no necesitas más permiso que el tuyo.

Y si estás transitando ese camino de regreso hacia ti, puedes conocer RAGÂTMA aquí.

Envíanos un mensaje de WhatsApp